Flor de Lis es el ángel guardián de los campesinos enfermos en Neiva
Flor de Lis Cortés aparece leyendo cartas, radiografías e historias clínicas. Sentado en una silla detrás de ella está Manuel Paredes, uno de los campesinos a quien les ha dado posada.
Esta ama de casa separada, cada semana recibe en su casa, sin retribución alguna, a tres o cuatro personas que vienen de zonas rurales del Huila. Les ayuda, les da comida y cuida de ellas.
Mira un tumulto de sobres encima de la mesa. Cada uno está lleno de radiografías, historias clínicas y órdenes para reclamar medicinas. Cada paquete le pertenece a un campesino huilense que, enfermo, ha llegado buscando techo y comida a la casa de Flor de Lis Cortés, en el suroriente de Neiva.
La mujer morena, separada, de ojos grandes, cree haberles dado en cinco años refugio a quinientos labriegos que, en algún momento de enfermedad y sin dinero, necesitaban hospedarse o dejar a su familia en algún lugar de la capital del Huila, mientras buscaban ayuda médica.
Todo comenzó el 12 diciembre del 2004. Ese día, tarde en la noche, llegó a la terminal de transportes de Neiva con su hija única hija, quien es profesora en una vereda del sur del Huila y venía a pasar vacaciones en Neiva.
Ahí, en la terminal, Cortés conoció a una mujer llamada Rosalba Avirama, quien también venía desde el campo para cumplir una cita médica y no sabía donde ubicar un hotel en la ciudad, a las 11:00 p.m.
Entonces, Flor, que no quiso dejarla a su suerte a esa hora, decidió llevarla y hospedarla en su casa.
Desde ese día el rumor se comenzó a regar por distintas familias del campo. O por lo menos eso cree Cortés. Porque un tiempo después la llamaron conocidos de Avirama para quedarse en su casa. Y también lo hicieron conocidos de esos conocidos. Y todos, hasta hoy, han encontrado refugio con ella. A ninguno le ha cobrado un peso.
“Uno le dice al uno, el uno le dice al otro y el otro también dice y así viene la gente a la casa”, explica Flor, sin encontrarle aún, mayor lógica al asunto.
Una de esas personas es Efigenia Losada, quien vive en la zona rural de un municipio llamado Suaza pero se hospeda donde Flor cada tres meses desde hace tres años con su esposo, Manuel Paredes. Cada vez que llega no solo encuentra techo, sino comida para ella y su marido.
En mayo del 2006, Paredes, de 57 años, se cayó de una moto y el golpe le afectó la visión y el habla. Tras haberse levantado del coma, le toca venir hasta Neiva varias veces al año para hacerse chequeos en un hospital de esa ciudad.
“Yo no hago sino llegar y ya tengo la cita y tengo todo”, explica Efigenia, refiriéndose a cómo es que Cortés les guarda la historia clínica en sobres, les hace diligencias y hasta prepara una agenda de citas médicas para cuando estén en la ciudad.
Mucha ayuda con poca plata
Los ingresos de Flor, en un mes, no superan los 400.000 pesos. “Esa plata rinde, como que produce más” dice la mujer. Y explica que el dinero que le envía su hija, llamada Jenny Bautista, le alcanza no sólo para sostenerse sino para darles comida a los dos, tres o cuatro campesinos que semana tras semana llegan a su vivienda.
“La casa tiene tres camas en dos cuartos. Y cuando llega harta gente ella baja colchonetas, abre la alfombra o busca la forma con cobijas o con algo con tal de que puedan descansar”, agrega.
Si alguien le pregunta a Flor Cortés por qué ayuda a tanta gente que no conoce, ella dice: “a mí me nace de corazón servirle a la gente”, sin dar mayores explicaciones. Tal vez sin entenderlo ella misma.
Y agrega que también lo lleva en la sangre. Que creció viendo cómo su abuelo, un ganadero ya muerto llamado Pedro Galindo, daba posada a los campesinos de la zona rural de un municipio llamado Algeciras, en los años sesenta.
“Él compró una casa en el pueblo y ahí llegaba mucha gente de las veredas (…) le tenía a cada uno un postecito para amarrar el caballo” cuenta Flor, con los ojos brillantes, refiriéndose al abuelo que recibió a los primeros campesinos que hoy, de una u otra forma, sigue cuidando ella.
ALBERTO MARIO SUÁREZ D.
CORRESPONSAL DE EL TIEMPO
NEIVA
/eltiempo.com/